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Full text of "E. Bachino 1888 Los Italianos En Abisinia"

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Camareta 

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ITALIANOS 


EN 

AÉISI1TI A 



MONTEVIDEO 

Imprenta á vapor y Encuademación de El Laurak-Bat 

pALLB DIL pBRRlTO^ g4 


f 888 




Mucho se ha escrito en toda la península italiana acerca 
'de la Abisinia y sus costumbres, después del desastre de. 
Enero del ano pasado, desastre en que murió la flor de las 
tropas expedicionarias, para honor de la bandera italiana y 
en provecho de la civilización moderna. 

Tiempo hacia que las grandes conquistas estaban dormi- 
das; el génio de Alejandro y el génio de César parecían ha- 
ber abandonado la tierra, cansada de triunios y cargada de 
laureles; solo, de vez en cuando, alguna invasión pacífica de 
los ingleses en la India, ó allá abajo, en la patria de los 
loers, venia á decirnos que el espíritu ^venturero de otras 
edades no estaba muerto. 

La conquista del Tonkin, realizada por la República fran- 
cesa, conquista que costó la venida del cólera á Europa y la 
vida d muchos rriles de soldados franceses, señaló nuevos 
rumbos á la raza latinay sirv ó de estimulante á la Italia, que, 
con motivo de la posesión del Assab, llevó al seno ardiente 
del Africa, el valor de sus soldados, por cuyas venas todavía 
corre la sangre de Varo, el héroe infortunado y deScipion, 
'd vencedor de Aníbal. 

La guerra en Abisinia empezó mal les italianos; 





Massaua y Dogali, son parajes donde se vertiéronnos de 
sangre; mas no por eso fué estéril la camparía. 

La muerte de los heroes de Dogali es un hecho glorio- 
s o, — que nos recuerda al griego Leónidas, que solo con qui- 
nientos hombres, luchó contra cientos de miles de persas. 

Los ítalos en Massaua lucharon del mismo modo,., 
uno contra cien, y antes de morir, diez hombres, diez sola- 
mente, presentaron sus armas á los hermanos caídos, como 
postumo honor, tributado á tanto heroísmo. 

Dogali, Massaua!! Estos dos nombres bastarían para reabi- 
litar á un pueblo si ese pueblo hubiese caído, y en vez ser 
para la patria de Masini y Garibaldi una derrota, significan 
mas bien un triunfo imperecedero. 

En el libro que vamos á leer y que dedicamos á la distin- 
guida población italiana residente en el Bio de la Plata, es- 
pondremos las aventuras de un grupo de compatriotas, des«_ 
prendido de las fuerzas comandrdas por el valiente Ge- 
neral San Marzano, qne pronto pondrá término á la 
guerra, pues el Nejus le ha pedido las paces. 



Región ardiente, flor del desierto, como le llaman los- 
árabes nómades, ha sido siempre codiciada. Ejipcios, suda- 
neses, pueblos del Oriente, razas del Occidente, desde los 
viejos tiempos se vienen disputando su posesión, 

¿Qué autor antiguo no cita la Etiopía como región codi- 
ciada? 





En ella crecen las palmas datileras, los baobads, los bo s ■ 
-ques seculares, las lianas tupidas, el café, el azúcar, el algodo n» 
el arroz, la mirra, el espicanardi y las gramíneas. 

H állanse asi mismo terrenos hulleros, depósitos de ám- 
h ar, minas de oro, hierro y plomo, salitreras inmensas y 
también piedras preciosas. 

La Abisima en estension territorial es mayor que el 
Egipto, y, como el, hállase bañada por el Nilo Azul, que co- 
bra vida en las entrañas de sus montes. 

El Nilo plácido y sereno á veces, y á veces bramador, 
por saltar en lecho de pied ra, la atraviesa y la fecunda; — el 
Tacazéy elMareb, sonrios secundarios. 

Cinco países componen el imperio de Abisinia, que está 
gobernada, actualmente, por el rey Juan, y esos reinos son, á 
á saber: Amhara, Tigre, Samhara, Godjan yChoa; — cada 
uno tiene mas de un millón de habitantes; estos adoran á 
Mahoma, á Cristo, y profesan, además, el panteísmo y el po* 
liteismo. / 

Assab es la causa del drama de Massaua yfué adquirido 
•sin sangre. 

Las calles mas notables de esta ciudad son: Dogali,Bian chi 
y Giulietti, nombres, todos tres, que recuerdan otras tantas 
desventuras italianas. 

El escritor Levi dice de los Danakili, tribu muy conocida en 
la colonia de Assab: No roban nunca; los gobiernan con pa- 
triarcal justicia el Sultán y los Jefes de tribu, y están habi- 
tuados á una especie de comunismo. 

El matrimonio se verifica por grupos: diez hombres v 
diez mujeres;— marido nominal es el jefe; efectivos . . , los 
otros. 





Se considera rdulterio cuando una mujer tiene trato 
venéreo con un hombre de otro grupo y en ese caso paga 
una cierta suma. 

Gente fuerte, resiste al hambre y á la fatiga y cruza el 
desierto con un pedazo de pan y un buche de agua. 

Para completar estos datos sobre Abisinia, vamos á tomar 
de un periódico francés la historia de Theodoro II, ósea 
el Negus. 


Theodoro II 


En 1850, un guerrero abisinio, llamado í£assa, toma ía 
ofensiva contra los egipcios que hadan á su pais una guerra 
de sorpresas. 

Operaban en él súbitas incursiones, cuyo objeto único 
era la trata, el robo de jóvenes notables por su belleza. Los 
puntos de embarco eran Massaua y Souakim: la bandera in- 
glesa parecia proteger ese tráfico innoble, puesto que no lo 
impedia pudienáo hacerlo. 

Kassa devolvió á sus enemigos ojo por ojo, diea- 
te por diente. Feliz en sus pequeñas espediciones, dis- 
tribuía todo el botín á sus hombres, no conservando 
nada para él. Tenia altas miras. Su tropa se aumentó' y el 
mismo se nombró gobernador de las fronteras. Su indepen- 
dencia absoluta hizo sombra á la corte de Gondar. Oisoro^ 
la verdadera soberana de la Amahra, envió tropas contra 
él, y, para asegurarse de la fidelidad de sus generales, mandó 
con ellos á su hija Tzoobege. 





En esas comarcas las mujeres tienen tanto valor como los 
hombres, y, sobre todo, más astucia. La joven princesa conta- 
ba solo quince años. Desde todo punto de vista era una niña 
admirable, pero la belleza de su alma era mayor que la da 
su cuerpo, incomparable, sin embargo. Corazón recto, jui- 
cio sano: generosidad inagotable, era el ídolo de la población 
de Gondar y del ejército entero. 

En vez de encontrarse con Kassa las tropas de la reina 
Oisoro, hallaron en su camino el cuerpo del ejército egip* 
ció, comandado por el gobernador del Sudan Mouca-pachá 
el invencible. El también perseguía el mismo objetivo, la 
captura del terrible montonero. 

Mouca-pachá, creyendo tener en su presencia ; 1 joven je- 
fe, quiso aprovechar su superioridad numérica y temeroso de 
que, á íavor de la noche, se escapase, comenzó el ataque in- 
mediatamente. El combate fué encarnizado. Los abisinios 
sorprendidos al ver un ejército musulman,cuya existencia ni 
siquiera sospechaban, se turbaron un poco; pero, escitados 
por las palabras de la intrépida Tzoobege, que recorría las 
filas en medio del fuego de los tiradores, recobraron en 
breve su energía y combatieron valientemente. Aplastados 
por el número, fueron puestos en derrota y la princesa cayó 
en poder de los vencedores. Mouca-pachá emprendió con 
su botín el regreso al Sudan. Kassa lo espiaba. Sus centinelas 
avanzados lo tenían al corriente de la situación del enemigo. 

Imitando el ardid de guerra puesto en práctica por Aní- 
bal en los tiempos pasados, Kassa habia pedido á los Ba^ens, 
sus aliados, dos mil toros ó bueyes de los mas fuertes. Ha- 
bia hecho rodear por sus mil tresci entos ginetesesa enorme 
trepa de ganado, no dejando libre mas que el frente dirijido 



— 8 


hácia el campamento egipcio; en los caernos de cada animal 
habían atado gruesas ramas de madera resinosa á las cuales 
pusieron fuego. 

En esta página de historia palpitante de interés, se une 
el mas esquísito de los idilios á lamas espantosa destruc- 
ción. 

El ejército ejipcio estaba exterminado, solo la retaguardia 
en donde se hallaban los prisioneros abisinios reservados, 
venta, se encontraba, según el uso, algo alejado del campa- 
mento y por consiguiente fuera de la zona devastada. Tzoo* 
begue, cautiva, seguía con sus compatriotas á los implaca- 
bles vencedores; estaba pues encerrada en esa fracción del 
campamento, que no había sido diezmada. Mouca, seducido 
por sa maravillosa belleza, la reservaba para su harem, y la 
había confiado á la custodia de dos negros, los confidentes y 
emisarios de todas sus orgías. Al salir el sol, el general abisi- 
nio se apercibe de que esa retaguardia no ha seguido la 
suerte común y se dirige ¿ella para terminar su obra. Tzoo- 
begue, no haciéndose iluciones sobre la suerte que le espe- 
raba, había resuelto salvar su honor á todo precio. Como 
todas las mujeres de Abisinia, llevaba consigo un puñal 
envenenado con la ponzoña de la cerasta. Una simple 
picadura mata en pocos instantes, sino se emplea inmedia- 
tamente la succión, mortal, casi siempre, para el que la 
opera. 

Asi armada, marchaba con resignación, llena de confian- 
za en la providencia de la Abisinia, la reina de las vírgenes* 
Durante la derrota, los dos negros no se habían alejado de 
su puesto; pero, ¿ando la muerte acudió por todos lados, 
creyéronse libres. Exaltados por la belleza de su cautiva, 



aproxímanse á ella para abrazarla. Pero la Myen; estaba aler- 
ta; retrocediendo vivamente y apoyando su- pechó lá 

punta del puñal, ella les decía con energía: — c^mpasoinas 
y me mato" — "Si, lo sabemos; pero antes que mueras, se- 
rás nuestra". Lon negros se adelantan, el puñal se hunde y 
sangre de la virgen corre. Túrbanse los dos monstruos, 
hesitan; después, arrebatados por el aguijón de sus deseos^ 
se precipitan sobre la princesa. ... y sus dos cabezas caen 
por tierra. 

— Gracias, guerrero de mi pais, dice Tzoobege, gracias; 
pero es demasiado tarde. 

Y la niña se saca el puñal de la herida. 

— No, — responde Kassa, pues era él. Y arrojándose so- 
bre ella la aprieta fuertemente entre sus brazos. Ella adivi- 
na su generosa intención y esclama: 

—Detente, vas á morir inútilmente. 

— Tal vez; pero habré cumplido mi deber. 

Y á pesar de la resistencia de la jóven, aplica sus lábios á 
la herida, aspira el veneno que no ha tenido aun tiempo de 
entrará la circulación, y Tzoobege se salva. Pero él se in- 
clina en breve, pierde el conocimiento; le hacen tomar sin 
demora el contra- veneno mas enérjico, la serpentaria , y sus 
soldados desolados lo trasportan á su cuartel general. 

Tzoobege le prodiga los mas conmovedores cuidados 
hasta su curación. 

Kassa fué proclamado génio y sucesor del Négus en 
1853. Consagrado emperador por el patriarca, el 7 de 
■Febrero de 1885 tomó el nombre de Theodoro II. 


(la Revne Fran^aise), 



— 10 — 



Se ha dicho que Italia iba á la Abisinia á luchar no con- 
tra los hombres, sinó contra los elementos; contra monta- 
ñas de carne y de hierro; — contrapestes y calores tropica- 
les y acechanzas y maldades. Todo eso es cierto; la obra 
que ninguna nación se animó á hacer la emprendieron 
los italianos. Verdad es que los soldados italia os, leones 
que derribaran el poder del titulado monarca que se sienta 
sobre las siete colinas, valen tanto como los mejores. Sino 
oigamos lo que dice de ellos el profundo escritor español 
Ortega Alunilla : 

Iban los soldados de la Humbria y deí Veneto á luchar ba- 
jo un cielo tórrido, en el desierto. Pueden las armas que 
ha inventado la nueva ciencia guerrera destruir al enemigo, 
cuando el número del contingente que este ofrece cae den- 
tro délos límites de lo racional. El fusil Debel de los france- 
ses, puede hacer tantos disparos por minuto como es preciso 
para tener á raya á treinta hombres; pero en Abisinia, por 
cada italiano que enviaba el gobierno de Roma, presentá- 
banse 400 salvajes, sin mas defensa que el desnudo pecho, 
sin mas armas que las lanzas y arcos de las antiguas guerras 
homéricas. 

No era ya la lucha del hombre contra el hombre, ni de 
un hombre contra diez, sinó de un hombre contra una le- 
gión numerosísima, producto de una raza prolífica en ex- 
tremo, que ofrecía carne y mas carne para que en ella se 



cebasen y embotáran los m achetes italianos, triunfando al 
fin, no por la propia victoria, sino por el cansancio de los. 
enemigos. 

Unase á esta insuperable diferencia numérica de los com- 
batientes, el sol que abrasa, la fiebre que invade el organis- 
mo y llena los hospitales de enfermos, las dificultades de co- 
municación, la falta de medios de subsistencia, 
la tristeza de una campaña larga y sin término visible,, 
la falta de resonancia de las victorias, y se comprenderá co- 
mo Italia desmayó desde un principio y solo por amor pro- 
pio nacional, sostuvo una contienda en que podía ganar po- 
ca cosa, y perder ciertamente, á diario, centenares de vidás 
y ríos de oro . 

La derrota de Dogali, más que derrota fué sorpresa. Na- 
da padeció con ella el orgullo italiano, nada sufrió en su 
justa reputación el intrépido bersagliero, ni el soldado d e 
línea, que une á la íntrepidéz meridional, el aplomo y la 
disciplina de las razas militares del norte. 

No era luchar contra hombres, era luchar contra elemen- 
tos, no era una contienda en que el heroísmo del soldado, 
legendario se pusiese á prueb a, ante el heroísmo de otro sol- 
dado, ni tampoco esa lucha científica moderna, que inició 
Federico de Prusia, y que ha elevado á su más alto alcance 
y á su más ilustre desarrollo el dinamarqués Moltke; era la: 
lucha entre una expedición de valientes y una nación nu- 
merosísima que defendía su tierra, y para defenderla emplea, 
ba el arma más poderosa de todas, el número. 

Por la originalidad de su traje, por lo famoso de sus. 
hechos, por la fisonomía general de su táctica, ocupa el 
lugar primero entre todos los cuerpos del ejército italiano. 



— 12 — 


el bersagliero. Parécese algo al fantasin francés, mucho más 
al cazador Español. Tiene de este último la ligeresa de 
movimientos, y, como él, ocúpase principalmente en la 
guerra de guerrillas, en las emboscadas y en las otras formas 
de la antigua lucha legendaria, que aún queda en los mo- 
dernos procedimientos de combate. 

El bersagliero causa, al que por primera vez visita á Italia, 
u na impresión extraordinaria de curiosidad y de simpatía. 
Sus anchos pantalones azules, sus zapatos negros, cubiertos 
de blanca polaina, su corta chaqueta, azul también, y de do- 
rados botones, la esclavina que cubre sus hombros, no lle- 
gando sino hasta la altura del cinturón, el redondo y negro 
sombrero de hule, y sobre todo, el adorno de plumas de- 
gallo, que le prestan sombra, constituyen una silueta román- 
tica de combatientes de las guerras del imperio, que apenas 
si pueden armonizarse por un esfuerzo de la realidad, ante 
las corre ctas masas de la moderna táctica, uniformadas con 
severa austeridad. 

El bersagliero italiano es la presentación en la guerra d e 
lo imprevisto, de lo fantástico, del golpe de mano audaz, de 
la marcha rápida é inverosímil, de la sorpresa, de la em- 
boscada, es algo de lo que en España se conoce con el nom- 
bre del ganeral «no importa», el amigo del azar mezclándo- 
se con las sabias combinaciones de la guerra, el Moltke, la 
intervención de un Deusexma chino, novísimo en los pla- 
nes madurados por el erudito estado mayor, y por los sábios 
ingenieros de todos los ejércitos; algo que no se parece en 
nada á la brutal carga de batalla, ni al matemático despliegue 
de una ámplia y triple fila de artillería, disparando al aire sus 
piezas de hierro enrojecidas por la explosión. 



— 13 — 


Los primeros italianos que entraron á Roma'por la bre- 
cha de la puerta Pia, el 20 de Setiembre, fueron bersaglieros. 
Algunos de los que, osadamente, hicieron irrupción por la 
estrecha abertura que en los muros de la Roma papalina hizo 
el canon de Víctor Manuel, p .rdieronsu vida, y es fama que 
los cadáveres de aquellos valientes, tenían asidas, con tal fir- 
meza, en horrenda crispadura de la muerte, sus armas, que 
costó mucho trabajo separarlos de ellas, y aún se cita el 
caso de upo á quien fué necesario cortar los músculos de la 
primera falange de los dedos, para que dejara escapar el 
fusil. Este hecho puso de moda á les bersaglieros. 

Se les amaba como el símbolo de la nueva nación, que 
acababa de nacer, y esa crispadura nerviosa con que unían 
sus manos al fusil que les había entregado la patria, era 
algo así como la representación física del estrecho abrazo en 
que todos los italianos se habían unido en torno á la ciudad, 
reconquistada para la Italia. 





8 


La madrngada del dia cinco de Diciembre, fué saludada 
por los clarines del ejército italiano, en las inmediaciones 
de la llanura de Ailet, — junto á un brazo de Nilo de mages- 
tuosa corriente. 

La vuelta de la aurora anunciaba el retorno de las pesadas 
tareas de la guerra. 

El paisage lujuriante pasmaba el ánimo; las chozas de las 



~ i 4 — 


regiones comarcanas se veian abandonadas por completo; 
sin embargo, la víspera, el ingeniero Tostoi, había dicho al 
General San Marzano, jefe de la división de operaciones en 
Africa: no hace mucho que aquí han estado los abísinios; 
alguna partida de Ras Alula ó Menelik, debe haber pasado 
por estos lugares, y al mismo tiempo miraba el monte Ko» 
mén, que se estendiaá lo lejos como una faja de verdura. 


Al ponerse en pie los soldados, después de haber dormido 
dos horas se restregaban los ojos soñolientos. Pronto, todos 
estuvieron listos y se emprendió la marcha en busca de'glo- 
ria. 

Horas y horas caminaron, los vigorosos bersaglieros y 
la gente de los demás cuerpos. Marchaban cargados de ba- 
gajes, con las armas á discreción, quien cantando algún 
aire de la patria, quien fumando el largo toscano, conserva- 
do en las maletas como una prenda, quien pensando en el 
último Adío! de la madre, de la hermana, de la esposa ó de 
la novia. 

Como d las cuatro de la tarde el ejército acampó entre 
dos montañas; la artillería se colocó mirando á todos los 
puntos del horizonte. 

El capitán Cario Dcmichi, esbelto oficial de la campaña 
de Roma y su amigo de colegio, el veneciano Giovanni Zer- 
bi, capitán también, fueron llamados, á las cinco de la tarde 
por el General, y, al caer la noche, al frente de uua compa- 
ñía de bersaglieros, formada de noventa y ocho hombres 



— 15 — 

con dos piezas de artillería, y llevando cií^tfo eguias,. abísi;- 
nios, se alejaron del campamenro. 

Habían recibido orden de recorrer el teríitprío -SñdjgkeSte 
y de regresar á los tres dias. 

Toda la noche se marchó; á las 9 de la mañana del dia 6 
—el guia Luveco, anunció que faltaban tres horas para 
llega r á la aldea de Teraut. 

Después de acampar, y de formar pabellones con los re- 
mingtons de repetición, Zerbi y Domichi, charlaban alegre- 
mente, sin suponer que muy de cerca los acechaba un pe- 
ligro. 

Si hubieran observado atentos, habrían notado que el viejo 
sargento Masini, con el fusil montado, á cuatro cuadras 
mas ó menos de la carpa, como el fiel perro, que mientras 
el dueño descanza le guarda la vida, espiaba por el lado de 
los carrisales. 

En efecto, Masini había notado movimientos á lo lejos, 
había mirado inclinarse el pasto de un lado y de otro, y el 
pasto alto de la llanura no podía moverse sin viento. Luego, 
leones ó abisinios andaban por allí. Es mas posible que fue- 
ran estos que, se aproximaban agazapados. 

Quien sabe. . . decía Domichi á su compañero, yo des- 
confió délos guias; estos abisinios son el diablo, hay que 
abrir el ojo. 

No tengas cuidado, le replicaba Zerbi, — preocupémonos de 
pelear, que después, en lugar de esta maldita carne de caba- 
llo, comeremos manjares 

Si manjares!! .v balas mi capitán. 



— 1 6 — 


Era el sargento Masini que acaba de presentarse. 

- Como es eso, mi sargento dijo Zerbi, echándose á reir 
francamente. 

— Yole juro, le aseguro, mi capitán, que tenemos cerca 
los abisinios. 

— BahlBah! Bah! siempre lo mismo, tu no ves otra cosa 
que abisinios, — las ganas que tienes de romperte el alma con 
esa gente, hacen que la veas por todas partes. 

Bum! bum! punnn! tac tac!! hicieron los primeros tiros 
á lo lejos y antes de que Masini respondiera y los centinelas 
se dieran cuenta, dos ó tres balas pasaron cerca. 

Los tiros se oian á una media legua; — las dos ó tres balas 
eran de gente que no andaba lejos. 

En menos de dos minutos, . los loseoldadcs italianos es- 
taban tendidos en guerrillas, barriga en tierra, esperando al 
enemigo. 

Este no tardó en presentarse en una colina; — la colina ne- 
greaba. 

Arrastrándose los pocos valientes tomaron buenas posicio- 
nes y al poco rato rompieron el fuego. Los abisinios pelea- 
ron un rato, llegaron á tres cuadras de los italianos con las 
banderas desplegadas; — eran mas de dos mil. 

Se retiraron y después volvieron. — Sin duda querían ha- 
cer alguna traición. 

Volvieron, dijimos, caracoleando y dando gritos — y tal 
fué su ardimiento, que llegaron en columna mas cerca que 
en el primer ataque. Enton ces Domichi hizo hablar á los ca- 
ñones, y la metralla rompió aquellas filas cíe carne negra; — 
os sóida dos, ya en pié, apuntaron con una serenidad asom- 



— 17 — 

brosa. Las balas llovían; el sargento Masini, con una pierna 
herida gritaba: viva Italia y mataba negros que daba gusto. 

La voz de los cañones habló poco, por que haciendo re- 
molino aquella gente bárbara se dispersó; luego volvió como 
una ola enfurecida y con arma blanca llegó hasta los cañones 
que los mataban como moscas. 

A Las dos horas se acabó el fuego y los dos capitanes re- 
corrieron el campo. Aquí se veian brazos destrozados, allí 
piernas aventadas, allá cabezas deshechas, armas rotas, ban- 
deras en girones; — también encontraron un hermoso cada- 
ver, vestido de rojo; vestido de la cintura para abajo, con bra- 
zaletes de oro, collar de pedrería preciosa, caravanas de oro 
también, y un anillo que. le atravesaba la nariz. El muerto 
era algún Jefe. — Tenia un Mazo en la región frontal y otro 
en el maxilar derecho. Tñdo indicaba que se trataba del' 
jefe de una pequeña tribu— después se supo que era así— 
Era de la tribu Asmuke, de la gente de Menelik. 

Los heridos enemigos se recojieron y se curaron; entre 
ellos se encontró al picaro Lureco, medio muerto de miedo, 
y con un granito de ano z en el cogote. Confesó que el y 
los otros tres guias habían sido traidores. En vez de fusilár- 
sele se le perdonó la vida. Los expedicionarios tuvieron tres 
muertos y catorce heridos. 

Sin guias los italianos quedaron perdidos. 

Asi anduvieron varios dias, con poco golpe de aventu- 
ras; de noche se guhban por las estrellas; de dia había que 
descansar por el calor insoportable.— El 13 de Diciembre por 
la noche el sargento Masini, avistó luz;— eso en el desierto 



quiere decir que hay gente cerca. Nuestros héroes toma, 
ron esa luz por guia y al amanecer supieron que estaban en 
las puertas de la ciudad de Bonasum, — residencia del mo- 
narca Mangabar, pariente de Tacle Aimont. — En son de 
guerra fueron recibidos; se peleó cuerpo á cuerpo; cada 
italiano contra veinte bárbaros. 

La ciudad de Bonasum estuvo sitiada tres dias, al cabo de 
los cuales, los dos cationes hablaron, consigu iendo abrir 
brecha en el mismo palacio real. El dia 16 á la tarde Zerbi 
y Cario Domichi, penetraban con sus soldados victoriosos 
en la ciudad; pero, para tomar el palacio real se peleó toda 
vía; cuerpo á cuerpo y cara á cara. 

En el ardor del asalto, la espada de Zerbi, luchaba contra 
un monton de negros, como lucha el león contra los perros; 
el mismo Mangabar los asusaba y el valiente capitán hubiera 
perecido de un mazaso, si la espada del teniente Pintacorbi 
no viene á cortar el brazo- asesino. 

Los italianos sud aban y sudaban sangre; mas al fin, Do- 
michi, que había atacado por un lado poco defendido al pala- 
cio y fortaleza, consiguió meterse en él, y darles una carga 
por la espalda á los cortesanos. 

A’li fué que las espadas se cansaron de cortar carne y las 
bayonetas de atravesar pechos desnudos; la sangre humean- 
te, la espuma blanca que se reia caer de la boca de los em- 
bravecidos hijos del desierto, y el recuerdo de las glorias 
italianas de otras edades, y sobre todo el recuerdo de Scipion 
el africano, que con su brazo mató un pueblo y resucitó á 
otro, llenaban de legítimo ardimiento á los italianos. Por otra 
parte, si no vencieran se les hubiera dado una muerte mil ve- 
ces mas dolorosa que la que se puede recibir en el ardor de 



la pelea, cuando uno no hace caso de la vida y trata de matar 
ó de que lo maten. 

i Al poco rato la bandera italiana, orgullosa de tener hijos 
tan valientes, llameó en la cima del palacio de Mangabar, en 
la ciudad de BonJSum. 

Este combate fué glorioso, pero costó caro; el pequeño 
grupo de. valientes quedó reducido á sesenta y cuatro hom- 
bres. El rey quedó prisionero y manifestó que ni los suda- 
neses, ni Ras Alula, en otros tiempos, ni nadie, lo habían 
vencido. 

Las mujeres cautivas en el harem del rey, recobraron su 
libertad, — Muchas de ellas quedaron enamoradas de los 
italianos, que si saben ser héroes, también saben]apreciar á la 
mujer en lo que vale, y que si suelen ser temerarios como 
Corbulon, Camilo, los Fabios, Garibaldi yjOberdank, tam- 
bién suelen ser tiernos y apasionados como Romeo y los 
trovadores medioevales. 

Téngase en cuenta que las abisinias tienen sangre árabe 
y egipcia, y que, por ser hijas del desierto, son ardientes,- es 
decir son bellas y apasionadas, y solo así podremos dar- 
nos una idea del cariño que sentirían por los hombres blan- 
cos, en cuyas venas circula sangre meridional también, san- 
gre que en los combates es fuego y pólvora encendida. 


JÍH8V08 eombates 


Sabedor Ras Alula, el poderoso y valiente Jefe abisinío, 



braco derecho del Negus, y probablemente el génio llama- 
do á sucederle, en el manejo de las cosas del imperio, de 
que la ciudad de Bonasum,había sido asaltada y abatida por 
nuestros héroes y hecho prisionero el rey Mangabar, 
tomó rumbo á„ ella, con un poderoso ejército, que, por lo 
inmenso, se parecía á un mar de cabezas, con olas de acero 
bruñido. 

En la noche del 17, los centinelas italianos cojieron á 3 
espías, en los campos que circundan ¿ la hermosa ciudad; 
mas, ni por las insinuaciones amistosas, ni con violentas 
amenazas, consiguieron saber de aquellos lábios, que Ras 
Alula, el terrible Ras Alula, se aproximaba con su mar de 
guerreros. 

Así es, que muy deveras, quedaron sorprendidos al ver á 
las doce del dia, cuando el sol abrazaba la llanura y los ár- 
boles se mostraban mústios por el calor, en el horizonte le- 
jano una masa confusa, semejante áesas inmensas hileras de 
aves que en invierno, en los climas templados, se ven cruzar 
el espacio. 

a las tres de la tarde se percibieron claramente las bande- 
ras y los elefantes de los enemigos, que, al anochecer, pusie- 
ron cerco á la ciudad de Bonasum. . ’ 

E. ’ lado accesible de la plaza colocáronse las dos piezas 
de artille ía, comandadas por el v; onini, á cuyas ór- 

denes quedaron diez soldados; en las demás partes se dise- 
minaron cuarenta hombres, en previsión de que intentaran 
una sorpresa los de Ras Alula. 7 erb : Domichi, Pintacorbi, 
el tenrrteZaneieti y ci alferes r *' 1 ' na Roe:, ¿Juráronlas 
medidas que se debían ornar, tía quedarse en la 



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ciudad, y morir en ella; quién atacar á los enemigos, quien 
por último intentaba, en esa misma noche, pasar por entre los 
abisinios y sostener una retirada gloriosa. 

Por último, se acojió la idea del capitán Zerbi, que era 
esta: — salir por el lado E. de la ciudad, sitio escarpado y 
montuoso, donde apenas habrían unos cuantos centinelas. 

Los fogones encendidos en el campo de Ras Alula, es de- 
cir, en torno de la ciudad, á una media legua, anunciaban 
que la gente del país no dormía; pero con todo, á las doce 
de la noche, mas ó menos, la pequeña tropa, atravesó las 
calles de la población, triste y dormida, y por el lado Este, 
ganó 1 1 inmensa planice en declive, que se estendia delante, 
solicitaría y sombría. Ya era hora, pues cinco minutos des* 
pues una porción de descargas atronaban el aire, y, ébrios de 
ira los abisinios penetraban en la inerme y abandonada ciu- 
dad, y en vano buscaban en todas partes á los hijo 
de Europa. La rabia, la desesperación, de Ras Alula fué es- 
treñía al verse burlado; — con todo, previsor, contuvo su 
gente y ñola dejó derramarse en la llanura. 

u 

Entretanto, guiados por la luz de las estrellas, lámparas 
solitarias <' i vacío, los italianos seguían la marcha forzada, 
con el oído atento á los rumores lejanos. 

Así pasaron dos dias. >•; 

Al cabo de ello? .i. ¡¿puñado de hombres, sntasiló en 

unas peñas; Ras Alula los seguía. 

Charlaban los capitanes Zerbi y Domichi, con el rey 
negro prisionero, cuando --el sargento Masici se presentó 

diciendo^».-' .. b v ¿b*. 

Viva Italia! Los. ¿ip. hió&están ceícal 



¿Los abisinios? exclamó Mangabar, que sabía pronunciar 
algunas palabras en italiano. Y en su rostro brilló la expre- 
sión de una comprometedora alegría. 

Cañe maledeto! Gritó furioso, el viej o sargento, y piensas 
que te nos vas á escapar? 

Y á no ser por Zerbí, que lo detuvo, nuestro viejo, le hu- 
biera arrancado el bigote al rey africano. 

Resguardado, entre el pedregal, estuvo elgrupito de italia- 
nos y muy de cerca vió pasar á los enemigos, en columna 
cerrada. Ras Alula, brillando como un sol, marchaba en el 
centro del ejército, ginete en un bravo corcel de Arabia, y, 
junto á él, un monton de Jefes, llenos de colorinches. 

Pasaron y pasaron tropas; y d cosa de media legua les 
dió por acampar y acamparon. 

Ante la realidad del hecho, Domichi, Zerbij y los demás 
oficiales, resolvieron atacar al enemigo y á no hacerlo así, 
en breve serían descubiertos por los bomberos abisinios; el 
monton de rocas aisladas en la llanura era un paraje delator 

Con que así, se prepararon los cañones, que en breve se 
hicieron escuchar y llevaron el terror al campamento ene* 
migo. 

Mas, no por eso Ras Alula dejó desorganizar á su gente y 
al poco rato cruzaba una granizada de balas, dardos y pie* 
piedras sobre los peñones bravios. 

La lucha fué tenaz y dura, y llegó el momento en que la 
oleada negra avanzó hasta el mismo pié de los cañones y 
tuvieron que funcionar los machetes. Aquello fué una car* 
nicería espantosa; un picadillo d 2 carne humana. 

El sol abrazador caldeaba los rostros; los italianos fatiga* 

dos, hacían fuego, resguardados por las peñas; r*rbi invoca- 

;jr> 



ba el nombre de la patria, Domichi sostenía su bandera y to- 
dos, como verdaderos atletas, detenían aquella marea, acyiel 
vaivén, aquel empuje prepotente de veinte mil hombres. 

Al fin, con la llegada de la noche, se acabó el fuego, y gra* 
cías á Dios, los hijos del desierto cansados por tan larga lid, 
no trajeron mas cargas á nuestros heroes, á quienes ya falta- 
ban las municiones. 

Cansados como estaban, muertos mejor dicho, con un 
poco de espíritu, que animado por el amor de la patria se 
conservaba en el cuerpo, los escasos valientes resolvieron 
emprender otra vez la retirada. Pero ¡como! si estaban ro- 
deados por todas partes. 

Un cañón había reventado durante el fragor de la pelea 
y al otro se le quitaron lar piezas indispensables y se le clavó 
en tierra boca abajo. 

Después, cuando la Osa Mayor, constelación polar, se 
percibió lejos al norte, el peñascal fué abandonado, y alli 
bajo aquel cielo pesado, se dejaron diez y ocho muertos 
queridos; entre ellos al valiente Buona Roca— Todos fueron 
amontonados y cubiertos de tierra fresca, para que no los 
devoraran las águilas salvajes ó los cuervos voraces. 

Un fusil, con una espada atada á la altura de la boca de 
aquel, fue la cruz que se colocó, junto al lecho de muerte de 
los generosos hermanos, lecho regado en la postrera hora con 
lagrimas y sangre, flores del corazón, muy mas preciadas 
que las flores de la tierra. 

Silenciosamente recibieron los soldados italinos la orden 
de ponerse en marcha; Se revisaron las cartucheras y se 
encontró, que el que mas, tenia doce balas. 



— *4 -** 

Partieron. 

Llegaron junto i la doble fila de abisinios que los custo- 
diaban y estos por temor ó respeto les abrieron paso , y sin 
disparar un tiro vieron alejarse aquellos héroes 0 

Al cabo de doce di as, en el último dia del mes de Di* 
ciembre, las banderas italianas flameaban movidas por una 
leve brisa en el ejército de operaciones; — había alegría en 
todos los rostros; entusiasmo en todos los corazones; es que 
el himno itálico llenaba el aire, y los hermanos, los 
tantos dias ausentes, por los cuales ya muchos libios roga- 
ban al cielo y muchos ojos se humedecían, acababan de lle- 
gar al campamento, flacos, demacrados, llenos de heridas, 
si, pero cubiertos de gloria, y con la bandera querida hecha 
girones por el plomo africano, y oreada por el humo de las 
batallas. 

Pero si hubo alegría, también se dio por un momento 
rienda suelta al dolor, al tenerse noticia, deque lejos, que- 
daban los cadáveres de algunos valientes caidos en lucha 
digna de los héroes antiguos, y rememorando el nombre 
querido de la pátria. 


En breve le seguirá otro folleto.